El gran amor

Tomado de La Nación, domingo 26 de junio 2011

No recuerdo en qué año fue inventado el amor, el gran amor. ¿Fue quizás con la aparición del celuloide? No, fue más atrás, de seguro responsabilidad de algún artista. El largo amor, en cambio, el amor para toda la vida (pequeño, grande o nulo, poco importa, pero perpetuo), lo instituyó la religión no sé si allá por la Edad Media, o más bien en el Antiguo Testamento, no me pregunten. El caso es que los ingleses, con su tradicional tendencia a hacerlo todo a la inversa –miremos, si no, sus sistemas de medidas y sus manuales de educación vial–, promocionaron el divorcio, bastante más higiénico al fin y al cabo que las decapitaciones, e interrumpieron así el amor perpetuo. Y con tanta eficacia que cuesta mucho encontrar hoy en día una pareja, sin demasiadas décadas al hombro, que haya permanecido junta desde su alianza inicial.

Algo pasa con el amor. “¡Pasa que antes duraba para toda la vida, porque la vida era muy corta!”, alguien me explica. “Habría que haber visto a Romeo con la crisis de la edad, o a Julieta lidiando con su menopausia” .Y me invade cierta desazón. Entre tanto oropel, tanta caducidad y tanto engaño, me gustaba considerar el amor como un valor irrompible.

Pero las estadísticas insisten en defraudarnos. Las estadísticas y los científicos crueles, quienes nos han revelado que el enamoramiento no es más que un estado de alteración de la cordura (eso lo sabíamos), y que dura, cuando mucho, un par de años. (Bueno, eso no).

Tengo nostalgia. La culpa es de mis padres que no cuidaron mis lecturas: tragué mucho Bécquer. Extraño el gran amor, el parlamento en el que los enamorados se juraban, trémulos, pasión eterna.

Pero miento, no lo extraño: lo tengo. Lo tenemos todos. El gran amor no está allá afuera, perdido en quién sabe qué meridiano, o en qué época ignota de la historia. Ese ser perfecto que calza como guante con nuestro corazón, en realidad ni existe ni es uno. Es una voluntad y está en nosotros. Es nuestra propia capacidad de amar a un ser falible y humano, pero entre cuyos múltiples defectos vemos brillar una luz única, un resplandor de bondad o pureza que despierta nuestro respeto, deviene admiración, se eleva hasta alcanzar la devoción y nos permite sortear, llegado el caso, vientos y tempestades.

El gran amor está en nosotros, no en Hollywood. Es el milagro cotidiano que debemos preservar para que cuando, como vaticina la ciencia, se diluyan los hechizos hormonales, sobreviva, alta y serena, la tierra firme, prometida y perdurable del afecto.

Ana Istarú

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